Alma de niño

Rosa cabrona

A ti hombre de bien,
que inocencia reprendió ante crueles palabras
(a tu espíritu aventurero olvidado).
Tu madre dejó de ser la cueva de la cual te refugiabas,
te observa, es el antónimo de tu vida

y ahora es quién desea estar en tus graníticos brazos.
 

Tu balón detrás del viejo roble, sin aire, sin dueño,

como lo es tu corazón sin esperanzas, sin nada.

Los pósteres aluden el inventario de tu infancia

—héroes, villanos.

El cálido sobo regala retentivas para adentrarse en ellos.

¿Te diste cuenta?
Perdiste el mundo de vista, te estremeces.

Renunciaste al niño y a sus sueños, a su suerte.

 

A ti hombre de bien, ¿qué te ocurrió?

Dime qué te hace tan diferente, tan superior...

tan exhausto de vida. Sedentario, destructivo

y entre vino y vino.

Se enamoró de mi cielo gris semiopaco

y disfrutó de la poca luz que emanaba,

sin saber si llovería al final del ocaso,

estiró sus brazos y afinó la garganta:

“Este hombre de aprensivo no tiene nada

y tu ánima peregrina dirige mi camino,

como transeúnte muerto por la mañana,

como el curioso ante lo desconocido”.

 

El rosa esculpía sobre mi semblante tieso

con la fuerza sobrehumana de un demonio,

y lo oculté bajo los vestigios de sus besos

maldiciendo al sórdido brío entre nosotros.

 

Era infinita en su espléndido universo

y él como el viento, tan agitado y efímero;

soy la rima de su verso y su vida en epíteto,

pero él tan solo es mi canje perfecto.