Esa mujer

Otra vez esa mujer en el espejo...
sus labios delgados, torcidos y tristes,
rítmicos al lóbulo de su nariz pequeña
—roja y sensible—,
oculta entre estos y sus puntitos negros.
Su piel desértica y tan flácida

deambula con ella y sus pasos hostiles,

marchita como la rosa olvidada

y carroña para las hienas y buitres.

El retraído empañe de sus mustios ojos

hace juego con las pletóricas cicatrices,

talladas desde la pelvis a sus hombros

—invisibles.
Mortal a los años que abren heridas,
avoca fuerzas para su decrete inasible,
las noches la esgrimen entre pesadillas
inquisidoras, agobiantes e insostenibles.

Hastiada. Cobarde. Muere.

Corazón infausto

De vuelta con el corazón yerto,
solo, vago y triste...
Alimentado de celos, penetrante.
A la deriva de un tan anémico amor.
Perplejo de tus palabras efímeras
con denuedo del roce de tus labios
que regalaron noches intensas.

Y ahora, ¿qué hago?
(Sepultaré en mi piel tu abandono)

 

Y ahora, ¿qué sigue?
Cubierta de cicatrices, las mismas de siempre,
a tan cruel futuro.