Érase una vez —No estoy muerta

23.10.2016

 

Son muchos los ayeres en los que decidí complicar mi vida pensando que en un determinado momento conocería mi propósito en ella. Que así sería más interesante la historia por contar. Esa adolescencia intelectualoide que se revela por todo y navega entre pensamientos hirientes por la frustración de ser joven e incomprensible. Esa misma que nunca dio abasto a las incógnitas que tanto albergué por darle tiempo al tiempo. Mi autoestima brillaba por su reiterada ausencia gracias a quienes no supieron llevarme de la mano y avisarme lo cuán cruel era el mundo a mis 12-13 años. Me derrumbé sin tocar fondo, ¿Cómo podría? Tenía y tengo miedo a la oscuridad.  No era más que una tonta del montón con sus tontos y típicos problemas existenciales, víctima del chiste de otros, que además no sabía exactamente lo que quería, pero con los años entendería y reiría de ello. Al menos eso se supone.

 

Siempre supe que no era especial, ni única ni lo que muchos libros de autoayuda refieren. Transcurrían los días y yo todavía sin un refugio, sin diarios y sin mejores amigos (los que creí tener, no les interesaban mis asuntos sin antes tener que escuchar los suyos. Me quebraba, caminaban sobre mis pedazos). Recuerdo ser introvertida y todo lo que conlleva. Mis buenas notas lo recompensaban (aunque no tuviese qué ver una cosa con la otra). También recuerdo inundarme de expectativas ajenas. Era un minúsculo desastre apartado entre mi familia y lo demás. Sin personalidad propia. Adopté una forma complaciente ―cómodade llenar ese vacío y no sacudirme el alma por cada intento fallido de reciprocidad que valiese la pena. Lo siento. Mis palabras perforaron algunos corazones y olvidé que había quienes la estaban pasando peor que yo, enfrentando verdaderos problemas. Una manía terrible que persistía entre víctima y victimario. No era justo para nadie y me harté. Sí, me harté. Ese remolino en mi cabeza se había tranquilizado tras percibir actividades que nuevamente me llenaron, pero esta vez de la mejor manera. Había decidido darme una oportunidad. ¿Menuda narcisista? Ya estaba cansada de menospreciarme por todo aquéllo que ignoraba. No lo permitiría ni de mí misma ni de nadie más.

 

Quizá ya era muy tarde para recuperar lo que había perdido y preferí despegar sin la compañía de unos cuantos.  No los merecía y ellos seguramente lo entenderían porque a los muertos se les extraña menos. Ahora soy diferente y me gusta. He crecido en todos los aspectos.  Es cierto, todavía cometo errores y sé muy bien que es parte del proceso. Me gusta aprender. Mis altibajos no perdonan que se les prive de su presencia en este camino, pero, ¡¡Ya qué!! La opinión que tengan sobre mi persona no es más importante que la propia. Eso va y viene. Lo he entendido, pero aún no me causa nada de gracia...

 

 

 

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