Más palabrería que antisexista

7.11.2016

Últimamente, se ha venido denigrando mi persona cada que soy políticamente incorrecta ante discursos sexistas que sostienen mis allegados. No solo tengo que lidiar con su palabrerío barato, sino que también creen que tengo que digerirlo para no crear conflictos y romper esos lazos que de alguna u otra forma han venido rezagando cariño con los años.

 

Me parece increíble que tenga que sentirme ofendida por no tener a un hombre que me guíe o acompañe en este viaje. Que si algo me parece injusto y lo manifiesto, necesite de uno que me haga el favor y me dé la cogida de mi vida para calmar ese temperamento que nace de mi abominable horario hormonal.  Que tenga que pedir disculpas a esa vista incómoda ya que el periodo menstrual hizo de su graciosada en mi pantalón beige y no avisó con tiempo a alguien tan irregular como yo. Sucede, ocasionalmente no avisa, quitémonos esa idea de que nuestro cuerpo es como un día nublado. Mi útero no ha expedido y lamento informarles que no me gustan los niños. La maternidad ausente no me hará menos que aquellas mujeres que critican la edad cada cumpleaños. Por otro lado, tener que permitir esos “piropos” tan asquerosos que evalúan mi cuerpo y sentirme halagada por la calificación que le han decidido brindar. No puedo ignorarlos, de hacerlo solo aprobaría su modus operandi y les haría saber que todo va encaminado a un contrato permisible entre ellos y yo. Uno que no quiero ni deseo adquirir. Tener que ser "tolerantemente" (vaya neologismo) enferma ante reiteradas opiniones como “por eso le pegan, ella se lo buscó”, “por eso la violaron, ella se lo buscó”. Casualidad tan desafortunada.

 

Supongo que para todo hombre también es cansado sobrellevar comentarios que sesguen y terminen por satanizarlos. De tener que sentirse culpables en algún momento solo por tener un miembro genital diferente al de nosotras aún cuando NO irrumpan en actos violentos que garanticen esa ola machista que nadie con dos dedos de frente quiere.

 

La realidad nos inunda con expresiones callejeras ante cualquiera que se proclame en contra de la violencia –física o verbal– ejercida por su género. Se burlan y lo traducen como dramatismo al por mayor. Hay algo muy grave para que una sociedad misándrica, misógina y no tan de ambas, como la nuestra, esté acostumbrada a convivir con ella hasta en los mínimos detalles.  

 

El sexismo no es una consecuencia improvisada de nadie.  

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