Abuelo, nos dejaste...

21.11.2016

 

Mi abuelo murió hace unos días. Aclaro, no es el primero que muere, pero sí el que ha causado mayor estrago entre mi familia. El que me sacudió por completo.

 

Tal vez no fue el mejor hombre ni el mejor ejemplo a seguir, sin embargo, tenía muchas cualidades propias de un líder, de un ser amoroso, humilde y solidario.

 

Siempre me recibió en su casa con un fuerte abrazo incitando a la más bonita y cálida bienvenida que pueda recibir una persona de mi edad. No importaba el día que fuese, no importaba si se tratase de carrerita para saludar y darse la vuelta hasta perderse por kilómetros. SIEMPRE estuvo para mí, sin tanto estereotipo pronunciado sobre los ancianos cariñosos, pero con muchas ganas de escucharme hablar sobre la vida y saber que había sido de mí después de harto tiempo sin vernos. Estuve, estoy y estaré agradecida por todo el apoyo que me brindó, tanto emocional como económico. Gracias a él y a otras personas, pude concluir mi licenciatura. No era su obligación, no obstante, decidió estar allí para que yo pudiese estar más allá. Se convirtió en el sostén que necesitaba cuando mi padre decidió abandonarnos y continuar con su vida al lado de otra mujer y su familia. No encontré a tiempo la forma de agradecerle por todo lo que hizo. Quizá no supe cómo y dejé que el tiempo y la compañía jugasen a mi favor y fuesen tan audibles como el montón de palabrerío que hubiese balbuceado antes de soltar unas cuantas lágrimas que resumieran lo mucho que le quería/quiero.

 

Estoy segura que no extrañaré su tan problemática forma de tratar ciertos temas de índole social. Necio y muy conservador. Sí, estoy completamente segura. Probablemente lo que más extrañe de él sean sus ojos al momento de contar una que otra y repetitiva anécdota de su viaje por el viejo mundo. Muy emocionado, con cientos de fotos y aburridos vídeos que si lo piensas bien, narraban por sí solos el frenesí previo a su aventura por Europa. Como un niño chiquito al que le hablas maravillas sobre Disneylandia y no puede evitar tanta alegría disfrazada de brinquitos por dóquier.

 

Nadie se esperaba esta situación tan lamentable. Recién salía de una operación de la cabeza presumiendo a diestra y siniestra esa voluntad de fuego tan característica de él. Y quedó claro, la marranería escéptica del destino solo se vanaglorió tras su revancha exclamando “más vale caer en gracia, que ser gracioso”.

 

Su lucha por los derechos de los jubilados de la UAS perdió dirección. Sus libros a medio terminar pronto serán parte del dogmático vaso medio vacío. Sin lectores que contemplen ese último pedacito del pasatiempo tan hermoso que tenía. Ya no será la carga (o lo que sea para no estremecer en magnitud a esa conciencia quisquillosa) de uno que otro hijo malagradecido que, entre tantas excusas y tantas prioridades que atender, se desprendieron de sus necesidades básicas que uno tiene en su más de setenta primaveras. No conocerá el éxito con el que se miden sus nietos y tampoco será testigo de la soledad nocturna que invadirá a mi abuela de ahora en adelante. Se perderá entre la mirada triste de mi madre y entre los deseos de salir corriendo por parte de la doméstica al pasar frente a su estudio privado. Dicen que el ambiente es bastante pesado en el segundo piso de su casa. Entonces, ¿En qué otra cosa querrá abonar su ausencia para no dejarle morir por segunda vez?

 

Ya no sé…

 

 

 

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