Parametrizándome

29.1.2017

 

Me encontraba limpiando mi habitación y me topé con mi pasado entre jabas y más jabas, entre montañas de libretas de preparatoria con unas cuantas hojas libres de garabatos y poesía rebelde que no hacían otra cosa más que desviar mi atención de las mil barbaridades que en aquel entonces comentaban algunos de mis profesores. Fue así que me topé con una libreta destinada a la terrible asignatura “Individuo y sociedad”. Sobrevivió a la masacre que infligí en otras que consideraba un relleno existencial puesto que, muy a pesar de lo tan odiada que fue y seguramente sigue siendo después de toda una década, contenía algunos escritos que me robaron una sonrisita. La mayoría eran propios de alguien que solo quería aprobar y no saber nada más sobre el asunto, pero otros, otros sí que eran todo lo contrario. Bien, generalmente estos escritos responden a interrogantes frecuentes acorde a la materia como “¿Quién soy?”, “¿A dónde me dirijo y qué esperan de mí?”, “¿Cómo me veré en diez años?”… y vualá, surgió el monstruo pedante que no sabía lo que quería exactamente, pero sí cómo evadir a tanto lío filosófico. Evoqué en la redundancia entre dichas preguntas sin sentido para mí y fue más sencillo incomodar a terceros que a su servidora. Se trataba de sobrevivir a la burla de ellos sobre las aspiraciones de uno y yo sin ganas de florecer entre ese vil nido. Sumado a ello, un profesor ridículo que se autonombró como juez de alguna corte importante con el derecho de sentenciar tu mundo venidero. En definitiva, parte de un programa de estudios hechos con las patas (propio del COBAES).

 

He decidido darme el gusto que no hice en aquel entonces, respondiendo a la pregunta más importante para que el efecto dominó haga lo suyo y concluya con el resto.

 

¿Quién soy?

No pude haber nacido en un mes más bonito como el de octubre, cuando las hojas pierden color y caen de amontones sobre los patios, los coches y en la calle. Cuando el clima no termina por ponerse de acuerdo y culmina con ventarrones muy agradables. Ni fríos o cálidos, tan solo frescos (aunque más de una vez termine por cerrar las ventanas).

 

Desde temprano he creído que las raíces de cada individuo deberían de ser como los mangles: grandes y a la vista. Que se pierdan entre las de los demás, estrechamente conectadas para reclamar a la tierra como suya y no al revés. Probablemente te preguntes de las mías y probablemente yo responda lo cuán arraigadas son a la tierra fértil. Pero si hay algo más importante que todas estas analogías un poco toscas y burdas es la manera en la que conduces tu vida. Ya sabes, lo que te consolida con la dudosa proeza de ser una persona “única e irrepetible”, y no hablo de ese color exótico que enalteces con tu personalidad, ni mucho menos al sitio que socorres un sábado por la noche. No sabría cómo describirlo exactamente, aunque supongo que ya vas encarrilado conmigo.

 

Me gusta abandonar este mundo, perderme en el sonido que se desprende de la fricción entre mi bolígrafo y el papel, que, en manos torpes, frecuentemente termine cayendo por mis piernas asimétricas. Ahora que lo pienso, el color de éstas no hace juego con el resto de mi cuerpo ni se mueven al ritmo de mi canción favorita (que lástima, con lo que me gusta bailar). Han vivido camufladas por la comodidad que ofrece mi prenda favorita y gran parte del tiempo han evitado ser participes en la masacre de docenas de pelitos. Quizá sea víctima de una industria agresivamente “bella”, pero, conforme transcurren los años, mi resistencia también ha respondido en contra suya. No soy muy masoquista ni superficial, no a tal grado de parlotear sobre lo cuánto me fascina andar en tacón, domar mi adicción al café bajo la lluvia en una ciudad donde rara vez sucede y transpirar ese olor a “intelectual” leyendo las reseñas de libros desconocidos, recitando una que otra frase hasta en inglés. Escribir es de los pasatiempos que no me importa esconder y es al único al que estimo de refugio del que me abstengo en compartir por momentos. Le tengo fe.

 

Mis ojos pardos semi-oscuros aún denotan la rebeldía de una quinceañera. Estos hacen juego con mis expresiones faciales, quienes se han visto engrandecidas tras tanto desaliento social. Ya es inevitable no exacerbarse por la empatía carente inundada de comentarios clasistas, homófobos, especistas, machistas y lo que le sigue. Soy racionalmente impulsiva, ¿Comprenden? Es difícil crecer y cerrar la boca para encajar en una sociedad sumisa y de doble moral, creyendo por instantes, que el respeto a sus dimes y diretes hacen posible sobrellevar una convivencia sana. Actualmente me pronuncio en contra del uso de los animales. También soy feminista, aunque todavía sean muchas las personas quienes arrugan la frente por malinterpretar el movimiento y ligarlo completamente a una marginación masculina.  

 

Mi sonrisa no es de las que se pueden vaciar desde un baúl sin fondo, mucho menos que borre todo rastro de pesadumbres que se cuelan cuando uno baja la guardia. Es pequeña y no es radiante como la luz del sol en pleno mediodía. Mis besos no son inolvidables y no hay frase conveniente que me rescate ante un movimiento en falso y desagradable. Torpes, pero sinceros y sin la necesidad de articular media palabra. Y es mejor así, en confianza no soy más que un payaso irónico que siempre termina hablando de gatos. Por cierto, ellos sacan lo mejor de mí.

 

 Para finalizar esta manía narcisista-nauseabunda, solía plantear mi futuro más allá de año y medio, no obstante, ya no funciona así. Ya es bastante cansado cambiar de perspectiva cada que la vida no decide seguir a favor de tu caminata. A como pinta esto, no sé cómo me veré dentro de diez años, pues ¿Cómo saberlo? Nadie lo sabe, solamente espero que la felicidad me inunde en reiteradas ocasiones. 

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