Con "buenas intenciones"

3.8.2017

 

Hace unos meses que me di a la tarea terapéutica de deshacerme de las cosas que no he usado en más de un año. Muchas de ellas las regalé sin detenerme a pensar en todos esos lazos tan toscos que se forman con objetos del pasado. Desde ropa hasta juguetes. Retuve unas cuantas cosas con la noble intención de recaudar fondos para ayudar a ciertos casos animaleros que abundan en esta pequeña ciudad. Me comprometí con uno en especial, el caso de Sam, una perrita que fue encontrada deambulando con una de sus patas completamente dañada, a tal grado de tener que amputársele. Los gastos veterinarios que se generaron a raíz de ello fueron desmesurados, pero, a pesar de eso, con la venta por Internet que hice se logró juntar lo suficiente como para compensar al menos la tercera parte de su adeudo —exagerando— y para a finales de julio, las voluntarias de un grupo protector de animales “Rescatando amor” consiguieron liquidarlo.

 

Durante este periodo, pasé por momentos desagradables que no hacen más que subrayar la frase que tanto refiero a personas con un mínimo sentido de responsabilidad: “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”. Cuando me encontraba recaudando fondos a través de la venta ya mencionada, hubo personas maravillosas que realmente se involucraron y estoy más que agradecida con ellas. Familia, amigos, pacientes hasta conocidos que se acumulan en tu cuenta de Facebook, personas de otras ciudades… Todos, todos ellos me animaron cuando me sentía cabizbaja por cada otra persona con intenciones fantasmas. Pero ya no importan las horas que destiné en la espera de éstas sin que llegaran, aún cuando el calor se impuso con la autoridad necesaria para desalentarme. Ya no importan las veces que me escondí en el laboratorio para abrir todas mis redes sociales en busca de alguna notificación que me prometiera una sonrisa y vaciar la mercancía que decidí indebidamente traer al trabajo con el riesgo de una asesoría. Ya no importa esa mensajería privada donde te prometían hasta la luna, pero solo alcanzaste ver el ocaso. Ya no importa el asco que me produjo al escuchar a terceros en su osadía de regatear la causa. Ya nada de eso importa porque Sam (y cualquier otro animalito) siempre fue, es y será la razón para que todos esos detalles pasen por inadvertidos y no adquieran más peso que las buenas voluntades.

 

 

 

 

 

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