Ella

12.8.2017

 

Hace muchos años, decidí dejar atrás a una amiga y hasta la fecha, no me duele del todo tal decisión. No estoy hablando de una mala persona ni de alguien que no valga la pena conocer. Esta anécdota torpe nace después de haberme sumergido entre fotos y fotos, de esas que no hacen más que inundarte de recuerdos con el desvelo sumamente marcado en el rostro. No hubo lágrimas de por medio, pero tampoco sonrisas. Probablemente es el fruto de la depresión constante que sostengo, mas eso ya es mole de otra olla.

 

Nunca fuimos demasiado unidas (al menos no de esas amigas que son como uña y mugre) y quizá sea ella quien, en algún punto del camino, pensó lo contrario. Simpaticé con esta persona de forma muy cautelosa, ya que dos-tres amigas de ella no eran más que las niñas con falta de atención en su casa y con una boca muy grande. Socarronas. En ese entonces, era bastante introvertida, me costaba colosalmente hacer amigos. Las burlas que recibí, tanto de compañeros como de algunos profesores (así es, aquéllos que debieron estar al pendiente de sus alumnos sin infravalorarlos como sucedió en mi caso), solo entorpecieron mi autoestima durante seis largos años. No podía darme el lujo de escoger a mis amistades cuando no eran muchos quienes me contemplaban entre las suyas, así que decidí encomendarme con los que me ofrecieran pan, puesto que, ¿A quién le dan pan que llore? Desconfiaba de todos y con justa razón, pero tenía un poco de hambre.

 

Ella, a la cual me rehúso nombrar, fue amable en el momento que pasó a ser mi compañera de mesa.

 

Nuestra amistad se hizo más fuerte tras la muerte de su madre. En ese entonces, no había perdido a nadie y no tenía idea por lo que ella atravesaba, sin embargo, me dolió y la extrañé mucho cuando se ausentó por un par de días. Solo quería que sanara por completo, además de ahorcar a medio salón de clases para ahorrarnos comentarios tan insensibles al respecto. Los niños pueden ser crueles y la crueldad debe ser corregida sin justificaciones tan ambiguas. Desde entonces, traté de protegerla sin lástima de por medio, todo lo contrario... aún cuando sus enemigos de temporada fuesen mis amigos.

 

ellaEn varias ocasiones, me recriminó por no invitarla a mi casa aún cuando las puertas de la suya siempre estuvieron abiertas. No toda su familia digería mi presencia (eso me lo hizo saber años más tarde), pero nunca fueron descorteses. Por lo contrario, provengo de una familia disfuncional, la comunicación era/es a gritos acompañada de un desaire un tanto desmotivante… No se necesitó de binoculares para ver cómo terminó cayendo a pedazos. En conclusión, me negué a compartirle y a incluirla en algo que me hacía mucho daño. 

 

Recuerdo que en una de las tantas pijamadas que se organizaban, discutí con ella y del puro coraje le escondí uno de sus juguetes que tanto me gustó y le pedí que me regalara. Era un corazón azul, tipo tamagotchi. Lo que no recuerdo es si en algún momento le dije dónde encontrarlo. Aclaro, me avergüenzo de mis actos, así fuese una simple niña.

 

Nos empezamos a distanciar conforme transcurrían los años. Cada quien iba por su propio camino: diferentes escuelas, amigos distintos.  Me volví más independiente y menos sensible. Nos reuníamos cada caída del cielo. Cuando pasaba por un mal de amores, allí estaba yo, a pesar de tener que lidiar con algo que me parecía ridículo entre las cartas dirigidas a su exnovio del futuro y sus mensajes jodidamente tristes. No miento, como dije, menos sensible. A pesar de eso, nunca faltó el regalo en su cumpleaños (así se tratase de una llamada), las felicitaciones por su esfuerzo y dedicación en concursos relacionados con la biología (una de sus áreas favoritas), además de compartir nuestro gusto por el manga de Card Captor Sakura (CCS). Recuerdo cuando le obsequié todos mis mangas que ella no poseía, recibiendo también de su parte unos cuantos de Sailor Moon.

 

El día que le compartí mi pequeño mundo de problemas familiares se me quitaron las ganas de volver a hacerlo. No sé si tenía cosas más importantes qué hacer en ese momento, o si nuestros mundos depresivos colisionaron uno con el otro, pero mi mejor amiga no estuvo allí cuando realmente la necesité. Solo su mano izquierda, unas ligeras palmaditas y su mirada de “¿Acabarás pronto?” junto a una de sus hermanas.  Nunca olvidaré eso. Decidí distanciarme y disfrutar de mis nuevos amigos, fue difícil la transición que hice entre una preparatoria y otra, principalmente cuando se trataba de cursar el último año. Gracias a ellos, fue más sencillo relacionarme con otras personas, desahogar el peso que arrastraba desde niña y sobrellevar la pérdida de uno de mis mejores amigos (y primer amor) durante la secundaria. Mi determinación cada vez era más sólida y mi personalidad más imponente y brusca. Nunca me había divertido así con otros sin que estuviesen juzgando cada paso que daba o tener que ser políticamente correcta para no herir los sentimientos de alguien. Y no se confundan, no solté la mano de ella, la apreciaba y no tendría sentido hacerlo por un desliz, incluso si la desconocía en ocasiones. Había facetas todavía intactas de ambas. Nuestros regalos habían evolucionado a tal grado de sacar nuestro artista interior. Por ejemplo, ella con una almohada hecha a mano grabada con mi nombre, y yo con un capítulo editado del manga CCS adaptado a nuestras circunstancias. También de ella aprendí cosas que nadie más me enseñó.

 

Le compartí mis aspiraciones a nivel profesional además de los planes que sostenía con uno de mis amigos para estudiar en Culiacán. Ella se nos unió más tarde para embarcarnos en la aventura gracias al apoyo que nos brindó una de las hermanas de mi padre. Pues bien, nunca conoces del todo a una persona hasta que vives con ella (y tal vez me estoy apresurando en decirlo). Descubrí que teníamos bastantes cosas en desacuerdo y el estrés al que estaba sometida sacó lo peor de mí. También llegué a herirla físicamente, pero jamás tuve la intención, fue solo un juego estúpido que salió mal. Lo siento. Me sentí terrible y ella se encargó de que así fuese siempre en la primera oportunidad que tenía para sacarlo a la luz.

 

Tras el conflicto que surgió entre sus hermanas y ella por la vivienda que habíamos decidido rentar, y encima recriminar mis decisiones respecto a eso, no hicieron más que terminara por aborrecerlas. Le ayudé a buscar un lugar porque me preocupaba, aunque más tarde la ayuda ya no fue tan recíproca. Cada vez hablábamos menos, su cumpleaños ya no estaba presente entre las fechas agendadas en mi cabeza (y en respuesta suya, el mío también se perdió por allí) y ya no nos preguntábamos si la estábamos pasando mal. Al menos yo, me iba convirtiendo en una pésima amiga sin darme cuenta.

 

Escuché rumores sobre mi persona que supuestamente venían de ella y realmente no me interesó por aclararlos, no le debía nada a nadie y ciertamente dudé que ella tuviese participación en estos, pero eso hizo que mi actitud fuese un tanto más arisca. Recuerdo que en una ocasión se autoinvitó llevando a unas amigas suyas (y digo suyas porque yo ni las conocía) a mi departamento, aquél que describió prácticamente de “una estrella” (como los hoteles) en uno de sus cuadernos donde otros más le hacían de compañía. Eso también dio raíz a ciertos comentarios molestos hasta en mi propia aula. Viví seis años en ese lugar y jamás tuve un solo inconveniente que no se tratase de mis vecinos y que no pudiese manejar, pero tal vez los quince minutos de su ardua investigación fueron más convincentes. En mi opinión, le hubiese dado dos estrellas (inserte aquí risa sarcástica).   

 

Pasó el tiempo y mis padres se divorciaron comenzando así una guerra legal con las pensiones alimenticias correspondientes. Mi familia me mantuvo al margen de la situación para no complicar más mi estadía en Culiacán, sin embargo, me quedé sin respaldo financiero y terminé por perder mi seguro social. Entré en un shock emocional otra vez (ya había sucedido cuando me asaltaron y violentaron a fines del 2008, en los alrededores de la universidad), preparándome para truncar mi carrera. Afortunadamente, me recuperé por completo en ese aspecto, no obstante cabe señalar que en todo ese tiempo me transformé en alguien más pesimista (por no decir odiosa) de lo que ya era y la depresión cogió mi mano sumamente con fuerza… muy por lo contrario de ella y no la culpo, ya lo dije antes, perdí el rumbo y asenté el propio sin su presencia.

 

Me eliminó de Facebook como vía de escape ante mis comentarios “insolentes” y decidí hacerle un favor más exhaustivo. A veces podemos ser tan infantiles.

 

Contemplé por segundos en invitarla a mi graduación, tal como lo había hecho en preparatoria. Lo aplacé para no terminar divagando sobre nuestra relación ya fracturada y concluí en retirar la invitación en blanco. Pese a ello, asistió a la fiesta con otra persona y sorprendentemente se limitó a tomar una fotografía cuando bailaba con mi abuelo (que en paz descanse). No termino ni terminaré por asimilar la razón de eso.

 

Ya ha pasado harto tiempo sin saber a ciencia exacta de ella.  Un amigo en común me comentó que ya contrajo nupcias... En todo caso no esperaba ser invitada, el contacto se perdió entre los años y la negligencia. Acepto completamente la culpa. Si algún día lees esto, no me queda más que felicitarte, aún si hice arrugar tu ceño con esta lectura tediosa. Espero que el cariño y tus metas llenen pragmáticamente el vaso de tu vida, como sucede actualmente con el mío.

 

 

¡Gracias!

 

 

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