Navidad: Comida por montón, dulces y bendito alcohol

31.12.2017

 

Ya hace unos días que la histeria colectiva se esfumó e incluso hubo personas que no la pensaron dos veces para comenzar a retirar sus ostentosos adornos navideños. Siempre he creído que este tipo de personas no son las que van y hacen fila por mucho tiempo en un comercio como Parisina, muy contrario de mí, que fui más del montón aglomerado en el centro de la ciudad, yendo y viniendo entre tiendas para hacerle saber a Diciembre que también era parte de él; así que he decidido quitar todo lo navideño hasta que me harte, tanto en mi casa como en el laboratorio.

 

Esta navidad no fue cosa del otro mundo. Verán.. mi familia y yo no somos de cantar villancicos, volcarse por el resto del mundo con una manía pseudocaritativa tan descarada por la fecha ni hornear galletas para acompañarlas con abundante chocolate caliente. Tristemente, no somos muy unidos y me desconcierta un poco. Estoy trabajando en ello, pero ciertamente hago muy bien el papel de mala hija. Doblemente triste.

 

La cena del 24 estuvo bien. Mi madre increíblemente nos acompañó en la mesa (es extraño cuando lo hace… muy, muy extraño). Había comida por montón, dulces y el bendito alcohol. No exagero, todavía podemos disfrutar de ellos.

 

Los regalos de mi familia fueron todo menos sorpresas. Las indirectas iban perdiendo poco a poco su toque ya para los últimos días de octubre, y yo, más que feliz, así no tendría que forzar la comisura de mis labios aparentando estar sumamente agradecida por el exiguo empeño que tuvo esa persona en agraciar su regalo mientras que una se desmoronó en ello. Lo normal en los intercambios. Recibí un juego de brochas veganas para maquillarme y bastantes jabones corporales, por supuesto, también veganos. Tal vez no parece ser la gran cosa, pero los necesitaba. A mi hermano le regalé el videojuego que deseaba, a mi madre un chocolate muy amargo (trato de no ser permisiva con su diabetes), un peluche y un juego de joyería de su color favorito. También les regalé cositas a mis animalillos. El regalo de mi hermana todavía sigue sin abrir, puesto que ella no pasó la navidad con nosotros, sino con su pareja a cientos de kilómetros. Bien... no fueron regalos aparatosos, sin embargo, no hubo reacciones trabajadas previamente.

 

Retrocediendo un poco, recibí un mensaje de mi padre deseándome feliz navidad. Nada más. Esa fue su exorbitante y tajante respuesta después de haberle deseado un buen día acompañado de buenos deseos por la fecha, así como lo hice con mis amigos. No lo culpo de eso, ya lo dije antes, soy una mala hija y no merezco más. Estoy consciente de que mágicamente es poco probable restablecer nuestra relación, o lo que sea que sostuvimos durante mi infancia y pubertad.

 

No hay mucho qué rescatar de esta navidad, hemos pasado por mejores; recuerdo cuando la celebrábamos con mis abuelos maternos, rodeada por una inmensa felicidad que inundaba mi pequeña cabeza cada que visitábamos Mazatlán.  O cuando mi hermana y yo recibimos solamente regalos en relación a Pokémon (éramos fans de la serie cuando recién se emitía en Latinoamérica). No me cabe la menor duda que de chico se disfruta más. También recuerdo la conversación amena que sostuve con mi hermano –en su época tierna– en la que le señalaba que algún día entendería que la sensación de “dar” es igual de gratificante a la de recibir obsequios cuando la conexión entre las personas es tan sonora. Esa navidad recibí un peluche suyo. Fue el mejor regalo que me han dado hasta ahora.

 

 

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