Toc, toc

Las paredes colindan con lo mulato de tu cuerpo

y la silueta que refleja es una broma de hoy.

Toc, toc.

 

Los errores se cuelan por tu rostro

y se deslizan cristalinos tras su nombre

(¿¡Cuán mojigatos pueden ser quienes

embisten de lo peor durante la noche!?).

 

No hay maquillaje que se resiste a perder

cuando lo has perdido todo a su lado...

toc, toc.

El alcohol reviste en tu alma prófuga

y tu vida flagela contra su puerta,

sin control... toc, toc.

Las heridas se esconden bajo el colchón,

lo necesitas, aunque él ya no te quiere, 

cruje y muere el crédulo de tu corazón,

pues la soledad ahorca, ¡¡¡siempre!!

Vacío

De nuevo escuché el canto de esos pájaros,

su revoloteo y la gracia con la que se agitan en plena luz.

Somnolienta, cerré las cortinas y me cubrí los oídos;

cada vez con mayor fuerza a costa de mis manos trémulas

y mi voz crepitante, cansada de su música diaria.

Desistí al café mañanero y al olor del pan recién hecho.

Desistí a buscar unos jeans y cambiarme las bragas de ayer.

El brusco tintineo se asoma entre el silencio y la cocina,

entre decenas de copas y un refrigerador semivacío.

Los minutos cada vez son más largos y grises,

se burlan del quehacer de mi pobre itinerario

en un intento de rezagar cada triste velada de los últimos días. 

Ya no importa que nota haya en el calendario

ni las alarmas que programé en mi tiempo libre…

o si la pobre prímula de mi balcón ya no combine

con el descascarar del verde que aún rodea mi casa.

Cambié el aroma a mazapán por uno más fuerte

y dejé de lado la tentación taciturna por el té de jengibre.

Proyecté mi pequeña sombra sobre el televisor muerto

y unos cuantos libros regados por allí, viejos y descuidados,

con varias páginas amarillentas y dibujos raros en carmesí.

Mis senos bailan al ritmo de mis intensos bostezos

y la penumbra ronda con cautela, detrás de cada vela encendida.

Me perdí dentro de súbitos recuerdos, la neblina de mi rostro

y las pequeñas convulsiones sin rima ni lágrimas impertinentes.

Murmuré cientos de desatinos con los ojos entrecerrados,

pero el canturreo de las aves los sacudió con violencia.

¡Por qué no llevan su nido a otro lugar que no sea el mío

y dejen muerto una vez más este lúgubre espacio, tan frío!